Introducción

Cuando viajamos por los distintos lugares de España nos suelen venir a la mente preguntas como ¿Quién construyó los edificios que hoy podemos admirar? ¿Por qué lo hizo? ¿Qué sucedió para que algunos estén en ruinas o hayan sido transformados? ¿Por qué nuestro país tiene tantas ciudades monumentales mientras que en otros sólo lo son la capital y pocas más? ¿Por qué hay tantas ciudades abandonadas, de las que sólo quedan los cimientos, algo inusual en Europa?

Pero no hace falta viajar para que nos preguntemos ¿Por qué Portugal es otro estado pero a los portugueses no los solemos considerar extranjeros? ¿Y Andorra? ¿Por qué las comunidades autónomas lo son y quieren seguir siéndolo?¿Qué las hace diferentes y al mismo tiempo parecidas? ¿Por qué disponemos de tantas lenguas y dialectos en un país tan pequeño? ¿Cómo convivieron y se mezclaron etnias, culturas y religiones diferentes si ahora parece tan difícil? ¿Cuándo y por qué nacieron las casas nobiliarias que dominarían nuestra Edad Moderna y que aún llenan la “Prensa Rosa”? ¿Qué clase de sociedad engendró a los futuros conquistadores de América?

Estas y otras preguntas tienen su respuesta cuando analizamos las circunstancias en las que se produjo su nacimiento y evolución.

¿Por qué la Edad Media? Porque es la época donde casi todo lo anterior se originó. Salvo escasas ruinas prerromanas y romanas, mucho de lo que podemos admirar y gran parte de lo que ha dejado profunda huella en este país, incluyendo conceptos y valores actuales, se remonta al Medievo o tiene ahí sus raíces. Además, en ese período de nuestra Historia nacen las “nacionalidades y regiones” de nuestra Constitución y se desarrollan las lenguas y dialectos que hablamos (salvo probablemente el euskera). Y se trata de una época mal explicada en las escuelas porque se supone que lo alejado en el tiempo tiene que ser aburrido porque no nos identificamos con ello, frente a lo contemporáneo, supuestamente más atractivo (“Gran Hermano 24 horas” sería el máximo de contemporaneidad); pero el paso del tiempo sólo hace avanzar la ciencia y la tecnología, lo demás puede avanzar o retroceder y los problemas del ser humano han sido parecidos en todas las épocas (“Jesucristo Superstar” fue un loable intento de imaginar cómo sería un hecho antiguo con tecnología moderna para que sintiéramos, viendo a sicarios con metralletas, lo que aquellas personas sentían viéndolos con espadas). Una época aún peor representada en el cine y la televisión: ¿por qué en las (pocas) películas medievales siempre hace frío y está nublado y en las de romanos siempre luce el sol y hace mucho calor, con la notable excepción de “La caída del imperio romano”, por motivos obvios? ¿por qué los medievales van sucios y los romanos limpios? ¿por qué los personajes medievales son interpretados por actores viejos si en realidad eran muy jóvenes? (El Cid fue nombrado comandante en jefe del ejército de Castilla con 23 años y Jaime I conquistó Mallorca con 21; los reyes de Castilla de la dinastía Borgoñona murieron con una media de 40 años y los de la dinastía Trastamara que le sucedió, de 42 y medio, siendo las personas mejor alimentadas y cuidadas); donde tanto se abusa de lo anacrónico (pobres medievales comiendo patatas y ricos comiendo frutas donde no falta la piña, ambos vegetales traídos de América siglos después).

 

No podría terminar esta introducción sin mencionar algo latente en casi todo el período analizado (8 de los 11 siglos), la llamada “Reconquista”. Afortunadamente ya bastante desmitificada, no por ello es un fenómeno apasionante por único en el mundo. Nace de la supuesta invasión por parte de los “moros” (terminología en desuso por considerarla actualmente peyorativa, aunque para mi la más acertada por cuanto moros o mauros eran los habitantes de la antigua Mauritania, actuales Marruecos y Argelia, que formaban la gran masa de los ocupantes) o “árabes” (incorrecto, por cuanto sólo unos pocos lo eran, como ya demostró hace tiempo Claudio Sánchez Albornoz) o “musulmanes” (incorrecto, por cuanto muchos aún eran cristianos), en un fenómeno muy cuestionado por Ignacio Olagüe (“La revolución islámica en Occidente”). Es poco probable que los cristianos de entonces tuvieran una firme voluntad de “reconquistar la España visigoda” pues hubo más guerras entre los estados cristianos que entre éstos y los estados musulmanes con los que durante siglos hubo paz y buenas relaciones. Nacidos los primeros de un abandono más o menos voluntario del territorio inhóspito del norte por parte de los segundos, se lanzaron a la conquista de sus vecinos ricos por las razones de siempre (codicia y hambre) y sólo el fenómeno “cruzada”, que aparece tardíamente (en la segunda mitad del s. XI), justifica las guerras motivadas por la religión del contrario. Unido a un fenómeno paralelo de exaltación del Islam en el Magreb que incitará a la Guerra Santa a sus naturales, se produce el período álgido de la llamada “Reconquista” en los siglos XII y XIII para apagarse luego durante más de dos siglos, hasta la guerra de Granada, que en realidad es otro fenómeno y el punto de inflexión que lleva a España a la Edad Moderna y a otra etapa no menos apasionante que es objeto de otro trabajo similar.

Jordi Gibert Arce                           

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